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Domingo de sol y ritmos afros: encuentro de tambores en Plaza Sicilia
La la Plaza Sicilia se transformó en un escenario vibrante de tambores, danza y comunidad. Más de cien personas se reunieron desde las tres de la tarde para participar del “Encuentro de Ritmos Afros en Palermo”, una propuesta autogestiva que viene creciendo desde hace años y que ya forma parte del paisaje cultural de los domingos porteños.
Bajo los plátanos amarillentos de otoño, se armó una gran ronda de percusionistas que interpretaron ritmos tradicionales de raíz africana: conga cubana, samba brasileña, candombe uruguayo y algunos toques de yembé y djembe. Alrededor, la escena se completó con bailarines, familias con niños, vecinos curiosos y turistas que frenaban a mirar, grabar o simplemente dejarse llevar por la energía colectiva.
El evento no fue organizado por ninguna institución formal ni tuvo difusión masiva. Se gestó a través de grupos de WhatsApp, redes sociales y el boca en boca entre escuelas de percusión y espacios culturales del barrio. Como en muchas otras ciudades del mundo, la cultura afro y su legado musical se expanden sin necesidad de grandes estructuras.
En un sector del parque, mientras los tambores no paraban de sonar, se dictó una clase abierta de danza afrobrasileña. Fue coordinada por la bailarina Renata Souza, nacida en Bahía, Brasil, y radicada en Argentina desde 2014. Frente a un grupo de más de cuarenta personas, guiadas al ritmo del atabaque, Souza explicó los fundamentos del movimiento, la importancia del cuerpo como canal de memoria y la conexión entre música, historia y espiritualidad.
La actividad fue libre y gratuita, y no requirió inscripción previa. Algunos de los asistentes llegaron con sus propios instrumentos; otros se acercaron por curiosidad y terminaron sumándose con palmas, pasos improvisados o simplemente desde la observación. Una pareja de jubilados que vive en una torre cercana dijo: “Bajamos a tomar mate y nos quedamos dos horas viendo esto. Es hermoso que pase en el barrio”.
Cerca de las cinco de la tarde, la ronda principal se expandió hacia el centro de la plaza, donde se sumaron músicos con instrumentos melódicos: flautas, guitarras, cuencos. Se armó un cruce espontáneo de géneros que combinó lo ancestral con lo contemporáneo, mientras el cielo anaranjado marcaba el cierre de una jornada de otoño inolvidable.
Este tipo de encuentros no figuran en la agenda oficial, pero suceden, crecen y se consolidan como parte viva del Palermo cultural. Son experiencias que nacen de la autogestión, del deseo de compartir y de una sensibilidad colectiva que busca reconectar con lo simple: el sonido, el cuerpo, el otro.
La Plaza Sicilia, con su amplitud, sombra y ubicación estratégica, se vuelve cada vez más un espacio elegido para este tipo de manifestaciones. A diferencia de otros parques saturados de actividades comerciales, mantiene un perfil más barrial y abierto, donde lo espontáneo puede florecer sin estructura.
Para muchos de los que participaron, el del 21 de mayo fue algo más que una tarde diferente. Fue una forma de habitar el espacio público desde la expresión, el movimiento y la escucha. Algo que Palermo necesita tanto como sus ferias, sus cafés y sus museos.
